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Quienes somos
Catamarca-Argentina 2006 Diseño: Alejandro Díaz |
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Concepción del Desarrollo Local bajo parámetros de sustentabilidad
A
partir de la Segunda Guerra Mundial, bajo los auspicios de E.E.U.U. se legitimó
un modelo mediante el cual las situaciones deseables quedaban representadas por
los países de notorio desarrollo industrial, empujando a que vastas regiones
del Tercer Mundo adoptaran este perfil. La única receta que se daba a las zonas
subdesarrolladas de carácter agrícola era, que debían atraer hacia ellas
alguna industria básica para “poder salir del atraso”. Bajo este modelo de
desarrollo, no había lugar para particularidades sociales, diferencias políticas
o especificidad ecológica, no existía prácticamente ninguna consideración
sobre capacidad de innovación regional, ni sobre los aspectos cualitativos de
los mercados locales de trabajo. Consecuentemente, la economía se orientó
hacia los factores y recursos extra regionales, aumentando su dependencia de los
centros de decisión políticos y económicos exógenos. Trayendo aparejado una
subvaloración de los recursos propios, reduciendo la capacidad de adaptación y
de innovación de las comunidades locales (Del Castillo et
alli, 1994).
La
crisis económica mundial que se desencadenó en los años ’70 se caracterizó
por una nueva división internacional del trabajo, el agotamiento del régimen
de acumulación preexistente y el deterioro del marco institucional y del orden
económico instaurado, cambió drásticamente la situación modélica. Las
consecuencias no se hicieron esperar. Se comenzó a valorar el potencial endógeno
y resaltar las particularidades territoriales viendo que este era el teatro de
acción del desarrollo y algo más que un mero soporte de actividades inconexas.
Fue el inicio de una toma real de conciencia sobre la fragilidad del medio
ambiente y la necesidad de racionalización de los recursos no renovables.
Aumentaron las preocupaciones ambientalistas, la calidad del desarrollo pasó a
ser condición de la calidad de vida (al menos en los países del -llamado-
Primer Mundo), en este contexto se formularon concepciones alternativas tales
como la del desarrollo local.
Coincidiendo
con Vázquez Barquero (1988:129) el desarrollo local es “(...) un proceso
de crecimiento económico y de cambio estructural que conduce a una mejora del
nivel de vida de la población local, en el que se pueden identificar al menos
tres dimensiones: una económica, en la que los empresarios locales usan su
capacidad para organizar los factores productivos locales con niveles de
productividad suficientes para ser competitivos en los mercados; otra,
sociocultural, en que los valores y las instituciones sirven de base al proceso
de desarrollo; y finalmente, una dimensión político-administrativa en que las
políticas territoriales permiten crear un entorno económico local favorable,
protegerlo de interferencias externas e impulsar el desarrollo local”. Pero
una concepción de desarrollo local bajo parámetros de autosustentabilidad tal
como la entendemos solo sería efectiva si partimos de una visión de la
ciencia, de la arqueología que posibilite un cambio de actitud y confluencia de
intereses. Hace algunos años atrás, más precisamente en 1991 junto a Pablo G.
Rodríguez, puntualizamos lo que creíamos representaba una manera de activación
social en ciencia, así formulamos una suerte de definición de “ciencia
socialmente útil”. En términos generales, esa visión de la arqueología nos
sigue acompañando. Las palabras podrán verse suavizadas, pero aquellas
acciones que planteábamos en su mayor tramo siguen estando pendientes, por ello
la tenacidad (o empecinamiento) aún guía nuestras motivaciones...
Una ciencia socialmente útil es aquella que, con una actitud crítica, reflexiva y comprometida, busca responder a los problemas y necesidades de la sociedad actual que la sustenta (desde luego que este planteo no se confunde con consideraciones asistencialistas) (Delfino y Rodríguez, 1991).
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