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Catamarca-Argentina

2006

Diseño: Alejandro Díaz

 

Etnoarqueología en Laguna Blanca

Etnicidad y Arqueología

 Tesoros de Lagunismos

 

  

 

Etnicidad y arqueología en Laguna Blanca.

 

En el mismo proceso de conocimiento reflejamos las diferencias, dicho de otro modo, el mismo conocimiento es la consecuencia de la delimitación de diferencias. Sin duda que la individualización de identidades mediante un proceso comparativo, por el que se separan conjuntos humanos, ha sido una constante en el desarrollo de la humanidad.

La pregunta que a esta altura ineludiblemente nos devuelve la espiral es: ¿los habitantes de Laguna Blanca (los lagunistos), pertenecen a algún grupo étnico? Para responderla vamos a recurrir (tal vez por comodidad) al principio de la autoadscripción identificatoria y a la adscripción que hacen los otros frente al grupo. Comenzaremos por cómo los otros vieron a los habitantes de Laguna Blanca a través de la historia. 

En todos los documentos en los que se menciona este tipo de información, resulta notablemente coincidente las apreciaciones referidas a que en Laguna Blanca vivían indios. Por ejemplo en los documentos históricos se habla de los indios de Laguna Blanca al referirse por ejemplo, a la tributación de lagunistos en los ayllus de San  Pedro de Atacama, Chile (Hidalgo Lehuedé 1984; Gentile Lafaille 1986. Por razones de espacio vamos a prescindir de extendernos en estas referencias).

No debe sorprendernos que en los primeros años de la conquista española quienes se enfrentaron con los habitantes de Laguna Blanca hayan visto indios. Pero, ¿hasta cuándo hubo indios en Laguna Blanca?

Mediante un salto en el tiempo, queremos apuntar las impresiones del botánico alemán Paul Günther Lorentz, quien visitó Laguna Blanca en 1872. En su relato apreciamos que al referirse a los lagunistos no vaciló tampoco en adscribirlos bajo la categoría de indios:

"Una indiecita vino hasta la choza cercana a los mencionados cultivos, para efectuar algún mandado y echar un vistazo al pobre sembrado. Se encontraba en su mejor estado y representaba el auténtico tipo de indígena cordillerana descripto por los viajeros. Se mostró tímida y sobresaltada y brincó de alegría cuando pudo escapar sin ser devorada por nosotros, como ocurre siempre, en su contacto con los blancos, a esta raza activa, paciente, pero esclavizada y sometida. Son los verdaderos parias de estas tierras y deben soportar de los criollos, toda clase de injusticias y tropelías. No se quejan, porque en estas comarcas, especialmente en estas provincias interiores, no existe para los pobres y los débiles ningún derecho. ­Sublevan las cosas que uno oye aquí! ¿Cómo extrañarse que los pobres indios odien a muerte a los blancos y constituyan una raza desconfiada y tímida?" (1971:206).  

En principio no debería sorprendernos que en el siglo pasado un científico europeo haya encontrado indios en Laguna Blanca. Sin duda muchos europeos en la actualidad seguirán viendo indios no sólo en Laguna Blanca sino, también en Buenos Aires [1]

En 1909 (en los albores del siglo XX) un catamarqueño nacido en Belén, a sólo 160 km. de Laguna Blanca, seguía viendo indios. R. A Montilla, en su informe al Gobernador decía de los habitantes de Laguna Blanca :

Esta es una raza de habitantes aún primitiva, muy inteligente y aspirante por la educación de sus hijos, siendo muy fervorosos y creyentes".        

Y ya más recientemente, Julián Cáceres Freyre, uno de los integrantes de la expedición de la Sociedad Argentina de Americanistas, que visitaron la zona en 1955 expresaba:

"Laguna Blanca ha sufrido, sin lugar a duda, la influencia de una fuerte penetración hispánica, en los siglos XVI y XVII, pues sus habitantes nativos, mestizos hoy, son llamados collas y están emparentados en su patrimonio cultural con los habitantes del altiplano (...)" (1956:394).  

En otro pasaje nos dice: 

"Laguna Blanca es indiscutiblemente zona de transición entre la población criolla del sur, o sea del Dep. de Belén, y la de la alta puna (Antofagasta de la Sierra). Su condición geográfica de Puna media está reafirmada por el elemento humano que la puebla. Son collas, con caracteres que los asocian totalmente con los pobladores del altiplano" (1956:400). 

Podemos ver que a lo largo del tiempo "los otros" han insistido en ver "indios" en Laguna Blanca. Respecto a la autoadscripción, en los documentos no hemos podido obtener información sobre cuál era la imagen que los lagunistos tenían de sí mismos. Hoy en día la situación tampoco resulta sencilla.

Sin embargo vamos a aventurarnos a caracterizar a los lagunistos integrando la clase de los grupos [B], la de identidad étnica negada del TIPO 1, es decir la de los grupos para los cuales la estigmatización de su etnicidad significó la negación de esa adscripción.

Tratando de sintetizar el proceso de conformación de la identidad negada de los habitantes de Laguna Blanca, pensamos que (al menos parcialmente) resultan parte de una unidad mayor de límite impreciso a la que vamos a llamar "coyas" (o indistintamente "kollas" o "collas"), ya que este es el apelativo genérico más frecuente con el que "los otros" se refieren a los habitantes de Laguna Blanca. (Aclaramos que no es un epíteto exclusivo para los lagunistos, sino que con este nombre se alude en general a los que habitan en la Puna y Prepuna catamarqueña).

El término "coya" es una derivación del nombre dado al territorio ocupado por los Reinos Aymaras, conocido como el Collao (en la región del Altiplano peruano-boliviano). Luego de la conquista de los incas comenzada por Pachacuti y finalizada por su hijo Túpac Inca Yupanqui (1463-1471) el territorio fue rebautizado con el nombre de Collasuyu (la Provincia de los Collas).

En la actualidad el apelativo "coya" o "colla" es empleado de múltiples maneras. Ciertamente es empleado por las personas que se autoidentifican con dicha identidad étnica, agrupándose incluso en asociaciones con personaría jurídica reconocida (por ejemplo en la ciudad de Buenos Aires la Agrupación Kolla). Así también el término "coya" es habitualmente empleado en todo el noroeste argentino, aunque por lo general no remite inequívocamente a un grupo étnico particular. Por extensión con el término "coya" se designan a los habitantes de la Puna; a las personas nacidas en, o que habitan en los lugares altos, por sobre los 2.000 metros s.n.m. También es empleado por quien vive abajo para referir al que vive arriba de él.

El término "coya" es utilizado también como adjetivo, en este caso en alusión a lo que resulta nativo o autóctono (v.g. papa coya). Otro de los usos adjetivados del término implican aspectos negativos de la personalidad de un individuo (se lo suele usar como sinónimo de pícaro, atrasado, etc.).

Los habitantes de Laguna Blanca utilizan frecuentemente este término, en casi todas sus acepciones. Algunas veces adoptan una actitud contradictoria al referirse a la entidad coya en términos de identidad. Por ejemplo Rosalío A. V., se expresó al tratar de explicarme su difícil adscripción (a través de una aparente contradicción): "Yo soy coya, pero no soy coya, no se si me entiende". Trataba de que entendiéramos de que él era un habitante de ese paisaje (natural y humano), y no renegaba de sus particularidades, pero él no era pícaro y/o atrasado.

Los habitantes de Laguna Blanca, no tienen ni han tenido relaciones con los grupos coyas que actualmente se hallan organizados en agrupaciones reivindicativas de cuestiones de identidad étnica, se hallan al margen de los debates difundidos (aunque esporádicamente) por los medios de difusión masivos.

Ellos aprenden los usos estigmatizantes de la etnicidad coya, como partícipes ínsitos de cualidades negativas, los que son reproducidos incluso en la educación formal desde los primeros años de la escuela primaria. Permanentemente recrean un sinnúmero de anécdotas vergonzantes generadas en las relaciones con personas que no comparten sus particularidades culturales (comerciantes, diversos profesionales -médicos, ingenieros, etc.). En todas estas situaciones las alusiones a una etnicidad coya resultan contextuadas desde el prejuicio y la discriminación.

Todas estas situaciones han desembocado en que la autoadscripción de los habitantes de Laguna Blanca bajo la categoría coya por lo general esté restringida a adscripciones burlonas. 

La pregunta que más de una vez nos hemos formulado está referida a si ¿es posible revertir esta situación? y, seguidamente, si nos compete el intento, es decir ¿cuál sería la legitimidad de este objetivo ?.

Comencemos por la segunda pregunta. Para ello sin duda nos vemos forzados a avanzar sobre cuestiones éticas. En este sentido vamos a plantear la legitimidad de una ciencia aplicada, que en trabajos anteriores hemos definido como "arqueología socialmente útil" (Delfino y Rodríguez, 1989; 1991; 1992), y a la que entendemos como: una arqueología que sostenga como criterio de relevancia la utilidad social del conocimiento, aquella que, con una actitud crítica, reflexiva y comprometida, busca responder a los problemas y necesidades de la sociedad actual que la sustenta. Por supuesto, al asumir esta posición debemos apreciar que la práctica y la producción profesional deben estar encaminadas a dar respuestas no sólo a problemas teóricos, metodológicos, técnicos y empíricos actuales internos de la ciencia en general ó la ciencia arqueológica en particular, sino también a aquellos de la sociedad global que le conciernen más íntimamente. Problemas que los historiadores de la ciencia de las corrientes "internalistas" calificarían de "extracientíficos" y a pesar de lo cual influyen y son influidos por el ejercicio de la profesión arqueológica. Así por ejemplo, el conjunto de consecuencias "extra-arqueológicas" de la labor de campo podría ser conceptualizada en forma genérica como "impacto económico, social y cultural de los estudios arqueológicos" (uso del suelo, destino y funcionalidad actual de espacios que incluyen sitios arqueológicos, interferencia de la práctica profesional con actividades productivas, oposición de sectores de la sociedad al estudio arqueológico de su pasado, etc. y particularmente en nuestro caso, conflictos interétnicos).

Para legitimar nuestra idea de arqueología, podríamos recurrir a muchos de los ejemplos en donde estas cuestiones fueron planteadas, al menos parcialmente. Baste mencionar por ejemplo al caso del Renacimiento Hawaiiano (Sprigg, 1986); las protestas de los inuit en contra de los arqueólogos (Trigger, 1980; Johnson, 1973); o también en Canadá el caso de los mohawks en 1990 (Chartrand, 1990; Rioux, 1990; Beaulieu, 1990; Thibault, 1990); o en Noruega el caso de los sami  (Hodder, 1994); o el milenario problema de Ayoddhya en la India recrudecido en 1990 y en 1994; o el caso de los aborígenes australianos (Ucko, 1986); en este sentido también en Tikal en la década del ’70 (Torres de Aráuz, 1982); o las relaciones entre arqueología y nazismo (Mc Cann, 1986); así también el emblema de Masada o Metzudá para el nacionalismo israelí (Bar-Yosef y Mazar, 1982); la disputa racial por las ruinas de Zimbabwe (Posnansky, 1982). Los ejemplos podrían multiplicarse por decenas. En definitiva vemos que la práctica de la arqueología está permanentemente rozando cuestiones que muchos científicos llamarían extracientíficas, en este contexto, el planteo de una "arqueología socialmente útil", no resulta una alternativa minimizable. 

La otra pregunta que nos formuláramos estaba referida a si podremos revertir esta situación. Una respuesta inmediata nos enfrenta con más de una dificultad. Somos conscientes que no tenemos demasiadas oportunidades de impugnar un proceso que tiene larga data y en el que se han reforzado en distintas instancias de interacción los prejuicios respecto de una identidad coya, o indígena en general. Sin embargo en nuestro intento, partimos de un conjunto de no ciones que nos resultan necesarias para contextuar las acciones. La Nación Argentina no es una unidad simple y homogénea sino un todo susceptible de ser recortado simultáneamente de modos diversos, según se tomen criterios lingüísticos, culturales, clasistas, religiosos, étnicos, entre otros. Las unidades que surgen como producto del recorte efectuado con un criterio no se corresponden estrictamente en forma biunívoca con las unidades producidas a partir de otros criterios. No obstante, en algunos casos se contrasta empíricamente cierta correspondencia, lo cual nos estaría indicando entonces la existencia de grupos sociales reales constituidos en el curso del proceso histórico. La antigua correlación: cada sociedad, una lengua, una religión, una cultura, es hoy menos exacta que nunca. Las identidades socioculturales de los tiempos de la conquista europea de América no se han disuelto, ni persisten inmutables, sino que se han reformulado insertándose en una matriz cultural que les otorga un nuevo sentido. La heterogeneidad de nuestro país se halla reflejada en un agrupamiento pluricultural (multiétnico, multilingüístico) y policlasista. Por ello la afirmación de una identidad nacional tiene que implicar necesariamente:

1-la afirmación  simultánea de las identidades particulares que la conforman y,

2-la revalorización de la historia de cada uno de los grupos sociales que han aportado a la constitución del actual pueblo argentino, puesto que es la propia historia uno de los pilares fundamentales de cualquier identidad colectiva. 

Desde estas consideraciones creemos valiosos todos los esfuerzos que estén dirigidos hacia el conocimiento de las distintas versiones históricas (sin ocultamientos autoritarios trazados por sectores hegemónicos), por ello resultan vitales los esfuerzos destinados a que los grupos susbsumidos ideológicamente dentro de una macro identidad (como la moderna idea de "argentinidad") puedan apropiarse del pasado en su favor.

Las estrategias deberán implicar el trazado de un programa para la acción y la redundancia sistemática de la práctica. Si bien nuestra permanencia en el Distrito de Laguna Blanca implicó la convivencia por más de un año con sus habitantes, seguramente nuestra presencia todavía es percibida como un hecho aislado de interacción, para los integrantes de un grupo de una identidad étnica negada.

Tal vez el punto más directamente relacionado con el tratamiento del tema de etnicidad y arqueología sea la forma que hemos elegido para abordar los estudios arqueológicos.

Uno de los temas que estamos desarrollando se relaciona con la ocupación de Laguna Blanca durante la expansión incaica, antes de nuestros estudios arqueológicos, se desconocía a ciencia cierta su presencia. Fruto de las prospecciones podemos saber que Laguna Blanca estuvo intensamente ocupada durante los tiempos del Inca. Dentro de las evidencias contamos con un extenso asentamiento denominado Caranchi Tambo, un posible santuario de altura (a más de 5.400 metros s.n.m.) relacionado con un sitio de explotación minera, posiblemente también varios tramos del camino incaico, y otras tantas evidencias más.

Nuestro interés inicial está centrado en el sitio Caranchi Tambo, localizado muy cerca del principal agrupamiento de los actuales habitantes de Laguna Blanca. Ello nos ha permitido visitarlo en reiteradas ocasiones, acompañados por los lagunistos, reflexionando en conjunto sobre su significado histórico particular.

En varias ocasiones hemos discutido sobre la posible relación que hay entre el apelativo "coya", y la Provincia del Sur del Tawantinsuyu, es decir el Collasuyu. Estos temas pueden abrir un espacio potencial para el orgullo local al conocer que tiempo antes de la llegada de los españoles, otro conjunto de hombres había llegado hasta Laguna Blanca, y que estos "indios" no andaban desnudos ni eran salvajes, como ellos creían (creencia forjada a través de la imagen generada en la propia escuela primaria). Además a estos "indios" se los llamaba justamente coyas.

En estos apartados lugares de la República Argentina, y particularmente en los lugares limítrofes, la escuela primaria reproduce una imagen de nacionalidad en la que no queda lugar para las minorías étnicas. Así los temas dedicados a la historia prehispánica son resumidos en los libros en un capítulo introductorio y muchas veces, incluso, se omite su lectura. En estos lugares nos da la sensación de que el proyecto de la argentinidad (en términos de nacionalidad) precisa ocultar las particularidades étnicas, las que son vividas prejuiciosamente como fracturas. Sistemáticamente se ha presentado una historia con actores excluidos o en el mejor de los casos se los ha homogeneizado bajo el rótulo ahistórico de los "indios".

Nuestra aspiración es contribuir a la impugnación de los aspectos negativos de esta marginación. Para ello hemos trabajado con los maestros de las escuelas primarias reflexionando en conjunto sobre las cuestiones de esta identidad negada. Hemos comenzado a recopilar información generada tanto en la propia escuela por los niños, y simultáneamente también recopilamos relatos tradicionales (mitos, cuentos y leyendas) contados por los mayores. Este trabajo de recopilación de información está dirigido a elaborar un texto de tipo regionalizado para la enseñanza en el nivel primario de educación, este texto resultará de la autoridad compartida entre los lagunistos (hombres, mujeres y niños), arqueólogos, pedagogos, y otros.

Aquellos arqueólogos que acepten el desafío de impugnar esta situación de colonialismo interno, tendrán mucho trabajo extra para realizar, sin siquiera una sola garantía sobre el resultado.

 



[1] Claro está que la categoría "indio", adquiere a lo largo del tiempo y para distintos grupos sociales una alarmante polisemia, sin embargo no deja de ser interesante que la imagen que devuelven los lagunistas se corresponde con la de los "originarios".